sábado, 12 de febrero de 2011

La otra


   Un grito ahogado la despertó de una pesadilla. Respiraba con dificultad y sudaba frío. Se pasó una mano por la frente y la sintió ardiendo. Su vientre temblaba y aún no podía dominar la angustia que le hacía chirriar los dientes. Se estiró y encendió la luz. La habitación estaba igual que siempre, ordenada, como a ella le gustaba.

   Sin ganas se destapó, y trastabilló al salir de la cama. Echó un vistazo al reloj mientras se ponía las pantuflas. Eran apenas las tres de la mañana. Exhausta fue hasta el baño, y en el espejo vio a una completa extraña. Tenía la expresión cansada y los ojos hinchados y colorados, la boca contraída en una mueca de disgusto, los pómulos delgados y sin brillo. Parecía otra. Se tocó el rostro intentando reconocerse con desesperación. Forzó una sonrisa, pero el resultado no la complació.

   Cayó en la cuenta de que no era la primera vez que esto le sucedía, sino que había adquirido una sombría rutina. Noches cortas y alborotadas, desvelos prolongados y angustiosos. Reconocimientos que terminaban en nada. La memoria se le había vuelto difusa. Todos los recuerdos se mezclaban desde el accidente. Se lamentaba cada noche, cuando en sueños las imágenes y los gritos la golpeaban sin culpa.

  Dio unos pasos hacia atrás. Mirándose fijo en el espejo improvisó unas posturitas. Seguía siendo hermosa, pero estaba demasiado delgada. Casi raquítica. Parecía débil y a punto de desaparecer. Decidió volver a la cama. Al fin había dejado de llorar. Se tapó hasta la cabeza y comenzó a tararear una canción conocida. Cuan desprotegida se sentía ahora. Estaba sola, más que sola.

  Hace mucho nadie se acordaba de ella, todo por culpa del accidente. Cerró los ojos y los hechos comenzaron a sucederse como diapositivas acusadoras. Esa mañana Melisa estaba furiosa con todos, pero más que nada consigo misma. Necesitaba ganar el caso que tenía entre manos, era una cuestión que la obsesionaba, tanto así que casi no veía a su esposo. Tenía decenas de reclamos en su haber, pero nada le importaba. Claro que ese día algo fue diferente. Él insinuó algo respecto a tomarse un tiempo, y ella enloqueció.

  Recordó haberlo llamado por todos los nombres malos que conocía y salir pitando de la casa. Oyó el golpe que le dio a la puerta. Luego subió al auto, y no pudo contener más las lágrimas. Se sentía en extremo culpable. Era demasiado egoísta y superflua, pero no le interesaba realmente cambiar. Eso era lo que más culpa le daba.

   Su celular comenzó a sonar en forma insistente. Bajó la vista para buscarlo en la cartera. Tal vez atendió. Tal vez era Fausto. Tal vez le pidió perdón. Tal vez le dijo te amo.  De nuevo la soledad de la habitación y el silencio ensordecedor.

   La tranquilidad fue rota por una llave girando en la cerradura. Unos pasos lentos y pesados se oyeron en el corredor. Melisa abrió los ojos de golpe y se incorporó en la cama. Juntó las manos sobre el regazo y aguardó expectante.

   Era él. Al fin llegaba.

   Otros pasos más firmes la desconcertaron. Su rostro se contrajo, Fausto no estaba solo. Una voz dulce susurraba cerca de la habitación, pero no pudo entender las palabras. Se escondió entre las sábanas. Su marido estaba con otra mujer, los dos riendo sonoramente. Las voces se oyeron más claro:  “que gran noche Lucila, al fin solos”. Melisa se quedó petrificada, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

   Los suspiros, los llantos, el amor y el dolor se mezclaron en el ambiente cálido de la habitación. Melisa no entendía por qué no la veían, por qué no la oían ¿Acaso era invisible? ¿Su marido era tan descarado como para fingir no distinguirla entre las sábanas? Entonces él y la mujer se tumbaron en la cama. Melisa sufrió el impacto del cuerpo de Lucila sobre el de ella. Pero de alguna manera ambas compartían el mismo espacio. Por segundos fueron una, hasta que Lucila se movió hacia un lado.

   Era una locura. “Es un sueño -pensó Melisa-, todavía estoy dormida". Saltó de la cama. Los vio besarse. Enfurecida comenzó a vociferar, pero no la oían, era como si no existiese. Esa idea se expandió en su cabeza como una ráfaga, dejándola sin aliento. Los contempló unos segundos más, hasta que sus lágrimas la desdibujaron hasta borrarla por completo de la habitación y de este mundo.       
22/10/10
Cuento recuperado...

martes, 8 de febrero de 2011

If the rain must fall ♪

Vas a jugar con la lluvia
mientras me río desde la ventana
contemplando tu delirio.

Te miro buscarte en los charquitos
descubriéndote más linda
como yo te veo siempre.

Suspiro de envidia
cuando una gota te moja los labios
y dibuja un puente hasta tus hombros.

  Me regalas una sonrisa
giras sobre tus pies 
y te volvés olvido.



lunes, 7 de febrero de 2011

Promesas son promesas

  Era una tarde como cualquier otra, tomando como parámetros: enero, La Plata, humedad y un alerta meteorológica desde hacía dos días.
  Catalina estaba en la puerta de su casa, con las llaves en la mano, pensando. Era la décima vez en el mes que hacía esto, y aún no lograba sentirse como una persona remotamente normal. Levantó la vista del suelo, y saludó a su vecino con una sonrisa que le pareció demasiado forzada. Al parecer, para don Ignacio no lo fue, porque le correspondió el saludo y se quedó observándola unos segundos. No podía culparlo, hasta ahora nadie había descubierto la verdad sobre ella.
  Repasó mentalmente la dirección a la cual debía ir, el micro que tenía que tomar y calculó el tiempo. Llegaría puntual, cosa que la sorprendía gratamente. Palpó sus bolsillos, para corroborar que llevaba el celular y la billetera, todo estaba en su lugar. Se guardó las llaves y empezó a caminar.
 Iba mirando el asfalto, aunque cada tanto reparaba en el cielo agarrotado de nubes grises y pesadas. Se arrepintió un par de veces, y estuvo a punto de volver sobre sus pasos, pero no lo hizo. Se forzaba hasta límites insospechados, y lo sabía, pero no le importaba. Promesas son promesas.
 Mientras esperaba el micro se puso los auriculares, y empezó a escuchar esos temas que la dejaban con un suspiro en la garganta. Sus ojos se vidriaron y su respiración se aceleró. Otra vez el cuerpo le declaraba la guerra, en vez de ayudarla en su tarea. Doble combate para Catalina, que sentía la debilidad en sus rodillas, a punto de doblarse por el esfuerzo.
  Llegó al lugar pactado, una esquina transitada de la ciudad, y ahí la esperaban un par de ojos curiosos y verdes. Tomó el papel que le correspondía, y comenzó con los diálogos tantas veces ensayados, tantas veces puestos en práctica.
  Catalina hizo un análisis detallado de Santiago (o Lucas, da igual el nombre). Tenía frente amplia, nariz recta y linda sonrisa, pero no como la de él. Mmm tal vez se le parecía cuando movía la cabeza, riendo por sus ocurrencias. Caminaba chistoso, con una parsimonia casi exasperante. Le había regalado un chocolate, lo cual la hizo enternecer, pero no conseguía impactarla, nadie podía. Todos eran distintos, pero iguales a sus ojos, no eran él.
 La tarde se vio interrumpida por una nube caprichosa que insistió en descargarse sobre ellos. Catalina se mostraba dulce, representaba su papel muy bien, pero por dentro estaba vacía. Nada le hacía realmente gracia, ni tampoco la conmovía. Santiago contaba anécdotas, hablaba de lo bueno de haberla conocido, y ella permanecía inmutable. Se sintió una roca, un despojo de lo que había sido una vez.
 Desde que él la dejó, cansado de luchar contra su corazón, Catalina no fue la misma. Algo dentro suyo se rompió, e hizo uno de esos destrozos imposibles de arreglar. Ella estuvo junto a su almohada mucho tiempo, jugando a la enfermera, la analista, la confesora, intentando salvarlo de sí mismo. Nada pudo hacer, él se fue, con un te quiero entre los labios, y el pedido de que ella siga adelante. Promesas son promesas.
 Durante semanas no pudo volver en sí, sólo pensaba en el giro que habían tomado las cosas. Primero tenía lo que mas quería ahí, sólo para ella, luego todo se desvanecía en apenas un minuto.
 Un día, tal vez de la nada, volvió a ser un poquito más ella, y comenzó con la "cacería de rasgos". Salía con unos y otros, chicos que le recordaban a él. Algunos tenían su mirada compasiva, su sonrisa brillante, su pelo siempre despeinado, su andar tranquilo, su humor incisivo. Todos tenían algo y nada, porque no podían traerla de vuelta a la realidad, sino apenas concederle pantallazos.
 Santiago la estudiaba, y no podía entender cómo en ciertas ocasiones Catalina se volvía charlatana y vivaz, y en otras tímida e introspectiva, era un caso especial. Eso lo atraía, la ambigüedad en su forma de ser. Pero ella sólo buscaba un parecido, un indicio de que su amor estaba por ahí, cerquita de su piel.

viernes, 4 de febrero de 2011

Sangre

Salta
Corre
Hace un stop violento
se controla
pierde la calma
arde
vuelve a arder
Golpea las venas
ahoga al corazón
empuja el sentido
Y se retrae
(me besaste)

miércoles, 2 de febrero de 2011

"Calladita"

Tiembla ante la llegada
de esa voz asquerosamente familiar.
"Chiquita" le dice
y ella va con la cabeza gacha.

Se traga una palabra tras otra
consumiendo veneno puro
asqueada por la rabia.
Tiene los labios marchitos
oscuros y herrumbrosos
de tanta humedad salada.
El odio se perfila en su ojos
encendido como fuego
en sus pupilas carmesís.

Tiembla, él la toca
mientras desgarra su inocencia.
"Calladita" le dice
y ella se muerde la lengua para no gritar.

viernes, 28 de enero de 2011

Los viajes



   Adoro viajar, olvidarme de las diagonales por un rato y sacarme la humedad de encima. Adoro sentir el vientito en la cara, despeinándome las ideas y aireando la ciudad de mis pestañas. Adoro saborear la ruta con los ojos, mientras mastico sugus de frutilla y escucho la música bien alto.
   Durante los viajes, mi mente tiene la odiosa costumbre de reforzar su actividad. Organiza recuerdos, clasifica miradas, saca en limpio sueños viejos y se encarga de darle vueltas a problemas de difícil (entiéndase casi nula) solución. Y yo, no puedo más que dejarme llevar por su cavilaciones.
  Mi última travesía no fue la excepción, y los kilómetros que recorría se convirtieron en horas de auto-análisis, tres y media para ser precisa. Primero comenzaron los planteos comunes e inofensivos respecto al año que pasó, el típico balance. Pero con la ciudad cada vez más lejos, mis pensamientos se dirigieron hacia terrenos más sensibles y peligrosos, al menos para mis nervios.
  Media docena de veces, mi mente inquieta quiso reflotar un recuerdo. No me agradó la idea  y puse algo de torpe oposición. Por un hueco sin cubrir, se asomaron un beso inquieto y un abrazo que casi asfixia. Mis ojos se volvieron cristalinos, le eché la culpa a una basurita y sonreí.
  Volví a la seguridad de las carcajadas entre amigos, los moretones con anécdota, las películas que vi, los libros que devoré. Pero entre tanto revuelo de ideas, siempre se colaba ese nombre y esos ojos. Finalmente, mi tenacidad fue la que se tomó vacaciones, y luego de varias intentonas inútiles, dejé que mi mente jugara conmigo un rato.
  En el horizonte se perfiló su rostro haciéndome muecas, y no desvié la mirada. La luz opaca del ocaso sólo reforzó la imagen nítida de nosotros dos, juntos. Aplaudí la fiel creación. Sacudí la cabeza y volví a mi asiento. Los viajes siempre consiguen que vea las cosas que me cuestan ver.

domingo, 23 de enero de 2011

La mancha

  Dormía con los ojos bien abiertos, probablemente asustada por la oscuridad de sus párpados. Un dolor lacerante la mantenía acostada en la cama, a pesar de la claridad que asomaba por la ventana entreabierta.
  Su rostro inexpresivo se contrajo por el camino que habían tomado sus pensamientos. Uno por uno, le acercaban un único y borroso recuerdo, tan amargo que de sólo evocarlo, un estremecimiento la recorría entera.
  Miró la mancha roja del parqué y suspiró, puede que de sólo imaginar lo que le costaría quitarla. Realizó un análisis detenido de su piel desnuda y arañada. Puso mala cara. Un par de moretones hacían un dibujo chistoso en su brazo, y le salió una sonrisa rota. Se acarició sin conseguir que las marcas desaparezcan, éstas permanecieron adheridas sin intenciones de abandonar su lugar.
  Intentó incorporarse en la cama a pesar de la debilidad que sentía en cada rincón de su cuerpo. Los flashback eran una seguidilla de imágenes difusas e inconsistentes que no conseguía ordenar bajo ninguna lógica. Se le aparecían las charlas de chat, el encuentro casual en aquella plaza, las confesiones y anécdotas, el primer beso. Todo iba bien, hasta que por alguna razón comenzó el dolor de las palabras hirientes y asesinas, un empujón sin querer, un golpe para hacerla razonar.
  Se olvidó del miedo a la oscuridad y cerró los ojos con fuerza. A pesar del intento desesperado, no podía detener los recuerdos que la enloquecían. Enfurecida con su propia mente, tomó fuerzas y se levantó. Con torpeza, buscó un cepillito y comenzó a tallar el suelo de madera. La mancha sanguinolenta se hizo la difícil, pero con esfuerzo y lágrimas se dejó vencer.
  Arrodillada y exhausta, se miró las manos teñidas de rojo. La luz entraba de lleno en la habitación, seguramente era tarde. En el piso, junto a su ropa, vibraba un celular. Mientras lo atendía, echó un vistazo a la cama.
-Hola mamá, me quedé dormida, ya voy para casa- dijo con voz seca.
Del otro lado de la línea la contestación fue más acalorada. Pasaron apenas dos minutos antes de que se corte la comunicación.




   Melisa volvió a la cama. Se recostó de costado, con la vista fija en los ojos abiertos y sin vida de Diego.

lunes, 17 de enero de 2011

Te ama.

Mastica la nostalgia, que sabe a metal y se adhiere en la lengua. 
Afuera llueve, en la casa truena. 
Lee tus cartas, una por una, ahogándose en los te quiero. 
Se detiene en tu nombre, mientras lo abraza con la mirada. 
Su memoria se rebela, y se ensaña con un beso. 
Sangran los recuerdos. 
Diluvia.
 En medio de la tempestad, todo se vuelve claro:
 la necesidad la consume, hasta el punto de quitarle el habla y la libertad.
 Te ama.

lunes, 3 de enero de 2011

Mi torre

Amontono recuerdos en la cama,
en una pila enorme y multicolor.
Los desprendo uno por uno
de mi piel y de mis labios.
Los clasifico sin ver.
Los desordeno con cuidado.

Hay recuerdos con sabor a beso,
que pongo en lo más alto
de mi castillito de reminiscencias.
Otros tienen impresa la nostalgia en sus esquinas,
y los aplasto con los más revoltosos,
que son de colores chillones
y están cargados de risas.

Desde el borde de la cama
observo mi pequeña creación:
una torre de memoria selectiva,
un rascacielos pintado con fotos,
jirones de mi vida
que no quiero olvidar.

viernes, 31 de diciembre de 2010

No, yo te quiero más.

   Veía sin ver, caminaba por inercia y lloraba de pura amargura. Le gritaba al cielo palabras borrosas, que se deshacían por la lluvia de sus lágrimas. Al principio, él le contestaba con tímidas gotas, pero luego, cuando los reclamos aumentaron de tono, ordenó a las nubes descargarse con rabia.
   Su ropa mojada le pesaba, pero no tanto como los recuerdos que la fastidiaban. Por alguna razón, su subconsciente más consciente se había complotado con sus ojos, y tras sus párpados, sólo podía ver aquel gesto duro que tanto la lastimó.
   Se sacudió, como intentando desprenderse de esa imagen odiosa, pero no lo consiguió. Ya era imposible distinguir si estaba empapada de lágrimas o de lluvia. Se rió de su torpeza.
  "Acabó". No llegaba a comprender cómo podía dejarse el cuento apenas empezado. Algo hizo crack, de seguro fue su corazón...
   Apenas pudo volver a respirar, salió corriendo de la habitación que de pronto se había vuelto fría y asfixiante. Lo dejó con esas putrefactas palabras saliendo de su boca, "yo...no te quiero más". Intentó no pensarlas, pero con cada paso, más y más se asentaban en su memoria.
  Lluvia y llanto. Mala combinación. El cielo lanzó un grito, que eclipsó con ganas un suspiro de muerte.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Equivocaciones

Me equivoco otra vez,
saco a relucir mis torpezas
sobre el pavimento helado.
Lloro sola y en silencio,
mientras releo tus cartas
y acaricio los sobres.
Te pienso suavemente,
engañándome con recuerdos
que no resucitan.

¿Por qué pesa tanto tu ausencia?
Se me aplastan las costillas
intentando soportala,
y eso tiene efectos colaterales
para mi pobre corazón.
¿Por qué me siento tan frágil?
pensé que eran ideas mías,
pero aún hoy continuo acorralada
entre letras y comas.

Me equivoco otra vez,
tomo el camino más largo
y me olvido el equipaje.
Te busco con cruenta desesperación,
no estas en ningún espejo
y vuelvo a mi almohada.
Nos sueño juntos y encendidos,
presumiendo besos a los árboles
y a la noche tibia.

sábado, 11 de diciembre de 2010

¿Qué hacer con vos?

   Lo mantiene aferrado, bien fuerte, entre sus manos. No da señales de soltarlo (no tiene intenciones de hacerlo). Encaprichada, lo asfixia con sus finos dedos mientras deja resbalar una lágrima cuesta abajo por su cara.
   Le da vueltas al asunto, pero no encuentra una solución plausible. Si lo libera, se sentirá incompleta, y esa posibilidad le resulta intolerable. Si lo retiene, los días se le harán meses, y puede que el tiempo traicionero le robe el sueño, y la paz.
  Lo observa, y en su minuciosa observación se maravilla con los detalles. Tiene colores que no han sido vistos jamás, y por ende, no sabe cómo llamarlos. Huele a jazmines, menta, sol y tierra mojada. Se oye suave, vibrante, ensordecedor, mudo, acústico, bien alto, como un susurro. Es tan único que no puede describirlo bien, sino apenas dar pinceladas de su aspecto.
  Deja de aferrarlo con tanta fuerza. Ahora, simplemente, lo tiene sobre sus manos y lo acaricia. Lo siente tibio, latiendo bajo la piel húmeda. Sonríe, tal vez con tristeza, tal vez con resignación.
  Acomoda al pequeño corazón bajo la almohada, cierra los ojos, y ensaya la primera opción.ERROR. Los sueños son un arma letal para sus soñadores. Segunda opción. ERROR. El reloj la atormenta, y no puede contra él.
¿Qué hacer con su pequeña humanidad? eso se pregunta, y lo presiona contra su pecho

jueves, 2 de diciembre de 2010

Desaferrarse

¿Podrías deshacerte de las fotos que tomaste?
             Instantáneas matizadas de risas
                              con sabor a eternidad.

¿Podrías batallar tus recuerdos?
              Hasta vencerlos y dejarlos derrotados
                              en el vacío de la des-memoria.

¿Podrías dejar que te olviden?
              Renunciar a tu nombre y tu voz,
                              sin esconder una copia en los ojos de nadie.

¿Podrías realmente aprender a morir?
               Sin reclamos ni aspavientos,
                               sin aferrarte a tu almohada,
                                    abandonando el tiempo
                                                que ya no te pertenece.

*Taller de poesía. Clase 8

domingo, 28 de noviembre de 2010

Soledad

La espuma del café se diluye,
mientras dobla una servilleta hasta gastarla.

Mira por la ventana y
se distrae con el murmullo de las diagonales.
Parpadea nerviosa.
Junta las manos.
Vuelve a la espera con una sonrisa torcida.

Los minutos le pesan en los hombros hundidos
y agotada, paga el cortado.

Se levanta,
echa una última mirada a la puerta dormida
y deja sobre la mesa,
igual que ayer y mañana,
un papel con su nombre,
                                      sin besar.

*Taller de poesía. Clase 7

domingo, 14 de noviembre de 2010

Mariposa

   Se perdió a la vuelta de la esquina, y ya no supo hacia dónde ir. Respiró la soledad de aquella calle vacía, y se sumió aún más en la desesperación. Apresuró el paso, recurrió al vuelo, fue inútil. Más y más asfalto caliente. Más y más fatiga en el cuerpo.
   Atolondrada se chocó con el pétalo de un girasol, y se llenó de polvo nacarado. Mientras se sacudía, se le cayeron un par de colores. Se enojó con la imprudente flor, con su suerte y con el día.
  Perseverante, intentó ubicarse sin demasiado éxito. ¡Maldita su brújula fallada, de categoría clase B y tecnología precámbrica! Siguió a la deriva, refunfuñando. El viento le hizo cosquillas, eso la calmó.
  No supo de dónde vino aquel fogonazo. Sintió quemarse su interior a la vez que las alas se le derretían. Cerró los ojos, no sin antes ver cómo se acercaba un rostro conocido.
  En la inconsciencia, percibió el tacto suave de sus manos cálidas, que la sostenían con miedo. Se apenó por ello, no quería que le temiera. Se durmió a la espera de un refuerzo, una colega que haga ebullición en la sangre dormida de la chica de ojos tristes.




jueves, 11 de noviembre de 2010

La guerra de la paz

Declara la guerra al murmullo que no cesa
a esas voces incansables que la acosan.
Se repliega sobre sí misma.
Se absorbe y escurre en sangre caliente.

Revela las fotos que tomó
pero ninguna es fiel a lo visto por sus ojos.
Permite que los párpados caigan
que la protejan de aquello
que perturba sus sentidos.

El silencio la envuelve en un tibio sopor
renovando sus defensas
para la próxima contienda.

Pierden los gritos de rostros extraños.
Ganan los sueños de tinta indeleble.
                                                                               Paz armada.

*Taller de poesía. Clase 6

domingo, 7 de noviembre de 2010

Mente en blanco



    Desesperada busca sombras, una prueba de que la luz aún existe. Se revuelve nerviosa,  pero no consigue percibir las dimensiones de su cuerpo ni del lugar en dónde se encuentra. Intenta mover las pestañas, los brazos y los dedos de los pies. No tiene éxito y abandona la tarea llena de frustración.
   Respira entrecortadamente, le cuesta mantener sus pulmones en movimiento.  El aire es tan pesado y húmedo que se le atora en la garganta. Se le comprime el pecho ante la sensación de asfixia, pero sigue respirando.
  ¿Hace cuánto ya que está postrada, a oscuras, sin posibilidad de escapar?  No puede contestar a esa pregunta. No tiene idea de cuál es la posición del sol (si es que sigue existiendo) en el cielo. Puede que sea de día o de noche. Para ella es indistinto, no cambia nada.
  Pone la mente en blanco. Destruye las fotografías que la acosan, pero algunas tienen tendencia a regenerarse. El terror la consume, se la lleva a rastras hacia el foso más profundo. Mente en blanco. Fogonazos de rostros crispados y voces libidinosas.
  El pulso se le dispara ante el recuerdo irrespetuoso de una mano de tacto impuro. Se marea por las nauseas. Esquirlas de hielo le pinchan el estómago. Se imagina verde, con los labios comprimidos para evitar vomitar los duros fragmentos derretidos.
  Quiere gritar. Lo necesita con todas sus fuerzas, para lograr desprenderse del dolor y la impotencia. La voz no le sale, temerosa se oculta en un rincón del pecho. Algo parecido a un gemido se cuela entre sus labios pálidos.
  Siente miedo. Un miedo devastador que arrasa con sus fuerzas. Está agotada. Llena de debilidad trata de volver en sí. Cree percibir cierto calor en su piel desnuda. Los párpados tibios se mueven un poco.
  El tiempo sigue corriendo. Lento o rápido, pero se deshace en el reloj que aún lleva en la muñeca. Se duerme, en un sueño inquieto producido por el cansancio. La despiertan unos gritos. Alguien le saca la venda de los ojos (que no abre) y la toma en brazos. Se entrega a su victimario o rescatador, da igual. Mente en blanco.
                                                             
                                   *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *

  Pasaron días hasta que el miedo le permitió hablar. Siempre la seguía a todos lados. Le tapaba la boca con telas invisibles de acero oxidado. Se reía de sus palpitaciones y pesadillas. Sir ir más lejos, hacía su trabajo.
  Al principio, podía mantenerla encerrada. La hacía llorar por horas. Luego, fue perdiendo influencia sobre ella. Ya no logró contenerla entre cuatro paredes, ni deshacerla en llanto. Pero aún podía maltratarle el sueño. Incluso hoy tiene sus pequeñas victorias en ese ámbito.
  Uma puede dejar que las palabras broten. Puede recordar sin que se le contraiga el rostro. Puede reírse del miedo. Aprendió a hacerlo a un lado, y ser irreverente a su traje gris.

martes, 2 de noviembre de 2010

La despedida




  No quise acercarme. Mantuve una distancia que me pareció segura (y tal vez algo notoria), mientras intentaba sosegar mi pulso. Fue una tarea hercúlea para mis pobres nervios, porque ni siquiera podía respirar bien. Él se acercaba a mí con su valija desgastada. Yo apretaba los puños y me mordía la lengua para no llorar.
  Me observó; sentí el escrutinio al que me sometía. Ese estudio de mis gestos, tan experto y meticuloso. Sin querer fruncí los labios mientras comprimía un suspiro. Me sequé los ojos con risas forzadas. Temblé. Creo que sólo él pudo notarlo. Un leve temblor por el miedo a fallar con mi pantalla. Me escondí de sus ojos para que no pudiera averiguar más. Estaba consciente de que un choque más de pestañas me haría fracasar.
  Lo apartaron de mi lado (gracias a Dios) unos abrazos amigueros. Yo me quedé de piedra, mirándolo. No podía dejar de fijarme en su sonrisa tibia, dibujándola en mi memoria con tinta indeleble. Percibí cómo el tiempo se escurrió, sin contemplaciones de mi pequeño "colapso".
  Era mi turno de despedirme. No estaba lista. Nunca podría estarlo. Cómo dejarlo ir, así nada más. Lo abracé fuerte, con terror del adiós y sus consecuencias. Pensé en cuan angustiosa sería la soledad, cuanto odiaría la ausencia. Me quedé así, cerca de él, acompasando mi respiración a la suya, intentando separarme.
  Una risita nerviosa nos hizo volver a la realidad. Me sequé las lágrimas que ya no podía contener. Hice un esfuerzo atroz por regalarle una sonrisa decente, pero me salió rota y descocida. Algo dentro mío hizo un escándalo tremendo. Temí que alguien lo hubiera oído. Creo que fue mi corazón.
  Estoy segura de que él detectó la falsedad de mi sonrisa, la tensión que dejaba ver en las comisuras apenas levantadas. Descubrí mi pecho aún tibio por el abrazo. Luego vino el frío, al notar que nos separaban unos centímetros irrespetuosos. Que absurda me sentí, esa distancia se multiplicaría por mil dentro de horas.
 No sé en qué momento oí el "click" en mi cabeza, pero sí sé que no lo toleré más. Entonces me acerqué a él, llena de indecisión, y le robé un beso sin querer. Un beso para guardar en mi memoria, para que se lleve en la valija, y para que sepa que siempre me va a querer.

viernes, 29 de octubre de 2010

Triángulo Imperfecto

Vagabundeo de punta a punta.
Primero hasta vos.
Después hasta él.
Más tarde vuelvo a mi sombra.

El triángulo de acero.
La cárcel de los besos más ansiados.
Un ir y venir sin fin.
Mi condena más absurda.

Te alcanzo.
Lo alcanzo.
Me pierdo.

¿Cuántas lunas más se me irán en esta ecuación sin sentido?

Tengo que volver a ser yo.
Olvidarte.
Olvidarlo.
Recordarme.


El nudo

Un nudo en el estómago. 
                Corredizo.
 De hilo transparente. 
                Con textura de acero.
 Pesado.
            Lleno de púas.
Un nudo que me dobla en dos.

"Adiós"dijo,
         pensando que era así de fácil.
"Ya empezaras otra vez" 
                         confió.
Pero se trata de mí,
y la suerte no tiene compasión con mis 
torpezas.

Las palabras se ahogaron en llanto dulce
y no lograron llegar a la orilla.
"Que seas feliz" 
falseó mi voz mentirosa.

"Ojala me quisieras a mí" 
aún susurra  
la voz atrapada por el nudo.


martes, 26 de octubre de 2010

Corrupción americana

   Un lugar inhóspito, salpicado con agua clara y nubes naranjas. Los árboles altos y la maleza espesa perfilados contra el horizonte. Un mundo virgen, corrompido por helicópteros cargados de miedo y odio. "¿Por qué debemos empuñar armas y matar comunistas?", se pregunta una voz juvenil, con la voz atorada en un reclamo que a nadie importa.
   Un grito, una canción que comienza a sonar y el caos. Las aves de metal, descienden sobre una pequeña aldea que atraviesa la costa.  Los niños, que apenas salen de dar clase, miran al cielo y se asustan.  Suena la campana. Comienza el descanso, comienza la masacre.
  Uno a uno, los vietnamitas caen por el peso del plomo en sus cuerpos. El humo amarillo los envenena, las balas les rompen los huesos y la muerte los aturde. Todo es sangre y confusión. Un banquete americano de destrucción sin sentido. La carrera por evitar el “terror rojo”.

*Textos I, descripción de la guerra de Vietnam.

lunes, 25 de octubre de 2010

Eso que se llama celos...

Odio cómo se ve su nombre en tu boca.
   Odio descubrir en tus ojos el color de los suyos, brillando cuando le dices: hermosa
      Odio que me digas te quiero, porque sos sincero, y yo no.
         Odio saberte de ella, y tan mío a la vez.

Intento deshacer los celos en agua tibia, pero son como el aceite (el resto es pura química)
Intento tomarlos fuerte entre mis manos, apretarlos hasta que sean polvo, soplar lo que queda y olvidarme de ellos.
Intento amarrar los celos al mástil más alto, dejar que el barco zarpe y acostarme en el muelle a saborear tus caricias.
Intento extinguirlos con un soplo de mis labios, pero no logro apagar la llama viva que arruina mi sueño.

Odio cómo me haces sentir, tan bien y tan distinta a todas.
   Odio pensarte sin querer (nunca es a propósito)
      Odio buscarte en las esquinas y los bulevares.
         Odio que hoy sepas, que los celos me consumen.

Intento irme de
vos.
   Intento sacarte de 
  Mí
Fallé otra vez...

viernes, 22 de octubre de 2010

Sábanas

Las sábanas desparramadas en el suelo
se mezclan con un beso y un clip para el pelo,
se combinan con el tono de tus ojos
y el sabor de tus caricias.
Caen revueltas, sin forma.
Se tuercen y alborotan.
Esconden los suspiros de la sangre,
archivan la memoria de la piel.

Las sábanas desparramadas en el suelo
se hacen carne de la promesa que no cantamos :
eternidad que dura una noche
y acaba con las tostadas,
eternidad que desafía razones
y se lleva por delante el calendario.

Levanto las sábanas del suelo y abrigo la cama.
Intento alisar sus arrugas.
Tomo el clip y me saco ese mechón caprichoso
que siempre me inoportuna.
Suspiro y me doy por vencida.
Las sábanas aún arrugadas.
Mi pelo hecho un caos.
Sonrío. 

jueves, 21 de octubre de 2010

Adiós

Choque de silencios.
         Rebote de caricias.
                   El vacío se presenta a la vuelta de un beso.
La nada y vos como final del camino.
         Se eclipsan miradas.
                                                      Caen un par de mentiras
                                                                en la alfombra.
                                                                     Todo es callado.
                                                                               Todo es dicho.
                                                                                         Nos medimos.
Se aceleran pulsaciones.
Dejan de pensar los ojos.
Una lágrima se dibuja en mi cuello.
                                                                El  adiós  flota, nada, vuela
                                                                         y se posa caprichoso
                                                                             en un mechón de mi pelo.

Mr Fear


     El miedo es un hombre clásico. Un caballero de alta alcurnia y tiempos muertos. Un individuo meticuloso rayano en lo obsesivo. Porta sobre su rostro macilento un carácter soberbio y altanero, con el que atrae y repele a los ojos más curiosos.  El miedo, insólito personaje de cuentos color sepia, reconoce su mala fama y se vanagloria de ella.
    Siempre viste de gris, para poder camuflarse en las noches. Le gusta su traje descocido y sin planchar. Lleva sombrero de copa ancha y zapatos negros, mangas arrugadas  y botamangas sin zurcir. Es el estilo de hombre que pintan las viejas películas en blanco y negro. Un espécimen de los más anticuados y correctos que subsisten en el mundo espectral.
    Se sabe talentoso como pocos. Posee el don de afectar los baúles cerebrales del común de la población mundial. Es tremendamente persuasivo, lo cual le permite conseguir todo aquello que se propone. Aún así, no se aprovecha (demasiado) de esa cualidad, es intachable.
   Pocos son los que alguna vez oyeron su voz, y los que lo han hecho, afirman que se graba para siempre en el inconsciente. Cala profundo, se asienta en la memoria más sublime. No se olvida. El miedo logra convertirse en recuerdo permanente, imposible de borrar.
   Vive sólo, en rincones fríos y húmedos. Se alimenta de la lluvia y el olor a tierra mojada. Cada día crece dos milímetros y aumenta un gramo de peso. Tiene una rutina inalterable desde hace un cuarto de milenio. Se despierta con el ocaso, porque es algo reacio al sol, y se viste despacio. Nunca tiene prisa. Se peina sus rulos caprichosos y los oculta bajo un sombrero de hongo. Chequea los clientes del día, y asalta las calles con una sonrisa de cartulina.
  Su trabajo, aunque tedioso en algún punto, lo llena de satisfacciones. El miedo, gusta de los gritos chillones de las mujeres; le fascina verlas a punto de entrar en paroxismos nerviosos. Se congratula con el insomnio que provoca en los pequeños, sus clientes más habituales. Pero no todo es color de rosa, a veces las cosas le salen mal.
   Corren los rumores de que el miedo no es infalible, y que algunos errores casi le cuestan el cargo. Pero, regularmente, desempeña sus labores como el mejor. Se llena de gozo con cada victoria. El pecho se le infla de orgullo y siente que va por buen camino. 
   Es un secreto poco conocido, pero el miedo tiene un punto débil: los espejos. Parece de no creer, pero es cierto. Entra en un colapso absoluto cuando ve su reflejo. Analizándolo, puede que esa sea la razón última por la cual tenemos miedo de tener miedo…


martes, 19 de octubre de 2010

Cortina de acero

   Ese día todos estaban pegados a la radio. Se trataba de un nueve de noviembre destinado a hacer historia. Nunca las palabras fueron tan decisivas y esperadas. Los oídos de un lado y del otro permanecían atentos, casi en una comunión impensada.
  -¿Ya podemos ir?-preguntó Derek. El niño tironeó del abrigo de su mamá. Ella lo miró, frunció la boca y se puso de rodillas a su lado.
 -Aún no lo sé.
   Una voz de acento italiano decía: ¿Cuándo se hará efectiva la medida?
   Un corazón se detuvo. La sangre siguió corriendo. El aliento se hizo pesado mientras la respiración se volvía forzosa. 
   Los recuerdos, la angustia, esa impotencia maldita se hicieron humo cuando la respuesta se oyó de los labios de Schabowski.... "desde YA". El fallo al fin era dado.
   Desde la ventana, cientos de ojos se fijaron en la condenada: la cortina de acero. Tantos años la vieron allí, inmóvil y fría, burlándose de ellos. El resentimiento les consumió los ojos. La odiaban. Esa cortina imbatible los hizo extraños de los amigos, enemigos de los hermanos. Se convirtió en un muro separando comidas y canciones.
   Derek se arrimó hasta la puerta y giró el picaporte. Su mamá le sonreía mientras dejaba el abrigo y lo seguía. El pequeño caminaba por delante. Sus pies se enfilaban hacia la dura tela. Muchos más pies lo seguían, todos expectantes.
  Nadie sabía cómo empezar, pero había que encontrar la manera. El muro se llenó de manos que escuchaban sus palpitaciones. Del otro lado las mismas manos copiaban el reconocimiento médico, actuando por invisible imitación. El hormigón se sacudió, se quitó el polvo de encima. Los guardias cayeron por el movimiento.  
  El más intrépido trepó hasta el muro e intentó domarlo. El renegado se le resistió, por lo que otros se acercaron para ayudar. Lo azotaron hasta quebrarlo. Sin piedad. Sin descanso. Lo desmembraron hasta matarlo. Con pasión sanguinolenta. Con satisfacción extrema.
  Cuando el gigante cayó, el silencio de tantos años se apagó. Gritos y abrazos, en lo vestigios del muro y más allá de ellos, se olieron entre los escombros. Era un día especial, un nueve de noviembre.
  Derek tiró, en esta ocasión, de la falda de su mamá.
  -¿Ese es?- dijo señalando una figura que se acercaba entre la gente.
   Su madre asintió con la cabeza. El hombre llegó hasta el niño, sonrió a la mujer y besó la cabeza de su hijo.



domingo, 17 de octubre de 2010

El peso de la pluma

 Te escribopara que que me leas con atención (incluso la letra chica). 
   Te escribo, para que me entiendas y sepas manejarme (te)
     Te escribo, aún sabiendo que sería mejor hablarte (pero no más fácil), para que cada palabra se grabe en tu retina mientras se ahoga en mi garganta.

¡Si supieras como pesa la pluma!
Ojala me vieras ahora. Moviendo inquietos los dedos sobre el teclado. Frunciendo las cejas. Tomando aire. Con un mechón rebelde sobre la frente, y los dientes presionando mi labio inferior.

¿Podes verme?

  Estoy entregando mis pestañas esta noche mientras intento decirte lo que siento.
  Se que es más sencillo de lo que parece. Se que son dos palabras (más las dos mil que las explican).

  Te escribo, porque así no se me escapa ningún detalle.
    Te escribo, porque tengo ganas de que me releas, hasta saberte de memoria la combinación arbitraria de letras y comas que inventé.
      Te escribo, para que sepas, por si no lo notaste... que me estoy enamorando de
                                                                             vos.

viernes, 15 de octubre de 2010

All you need is love ♪

Silencioso crece en mis párpados,
se deshace en la lengua
y llega a mi ombligo.
Inquieto se revuelve,
tanto que cae a mis pies
para luego trepar hasta mi cabeza.
Desordena mi desorden,
da vueltas un reloj de arena
y vacía el buzón de cartas en blanco.
Toma lo que fui
y me hace otra,
tanto así que olvido
que una vez no lo tuve.

lunes, 4 de octubre de 2010

Pastillas para no soñar ♪

Quise soñar con él,
pero soñé con vos.

Me acosté con la nítida sensación de tus brazos alrededor de mi cintura.
Cerré los ojos mientras dibujaba tu sonrisa y la curva de tu mentón.
Me mordí los labios y escuché cada dialogo, silencio y suspiro.
Las horas podían comprimirse en palabras y gestos.
Los minutos aislarse en muecas y carcajadas.
Los segundos escurrirse entre pulsaciones y pestañeos.

Quise soñar con él,
pero soñé con vos.

Aunque me esforzara en recordar sus ojos,
sólo podía pensar en tus pupilas color miel.
Aunque buceara en mis recuerdos buscando su voz,
sólo el color de la tuya inundaba mis oídos.
Aunque intentara sentir su boca,
la tuya me pasaba factura por los besos adeudados.

Quise soñar con él,
pero soñé con vos.

Me desperté aturdida, incrédula.
¿Qué es lo que mi subconsciente estaba pensando?
Con él debería soñar, no con vos...
amigo mío.


jueves, 30 de septiembre de 2010

Identidades

¿Dónde está mi Nombre?
Me lo arrebataron una noche
en violento silencio.

¿En qué ataúd estará juntando polvo?
Descocido, sin zurcir,
mientras intento recuperar una historia,
la propia.

¿Dónde está mi Rostro?
Fueron ellos quienes enterraron
los gestos de una extraña
y la sonrisa de un soñador.

¿En qué espejo estará guardado?
Opaco, sin pintar,
esperando que me vea
como realmente soy (y fui).

*Taller de poesía.Clase 6

La pintura

Los colores de la savia
salpicaron la hoja en blanco,
haciendo la mejor de las pinturas.

Arriba el sol congela momentos
y la tierra se seca en las manos,
abajo el hielo calienta la vida
y el cielo se alza limpio sobre un lunar.

Los ojos de pupilas curiosas
intentar descubrir sus detalles
observan atentos las elevaciones,
los quiebres y hondonadas,
pero siempre se les escapa un color,
un aroma, una flor escondida.

Los ojos de pupilas curiosas
hablan en lenguas extrañas
que se mezclan al contar
las mismas historias,
palabras de tinta seca
multiplicadas en el líquido invisible
que huele a seibo y sabe a trigo.

*Taller de poesía. Clase 5

sábado, 25 de septiembre de 2010

Cementerio de flores


  En las inmediaciones del camposanto, se percibe fuerte el aroma a claveles y gladiolas. Decenas de casas albergan flores y agua bendita de lluvia. En la fachada del cementerio, los símbolos alevosos a la muerte no faltan, se imponen coronas y antorchas invertidas.
  Aún sin poner un pie en aquel lugar, el cambio de ambiente es notable. La paz que se siente en principio pone el vello de punta, pero luego cala profundo en los pulmones y tranquiliza. Es ahí cuando finalmente se oye el silencio de la muerte.
  Al ingresar, algo hace “click”. La respiración se ralentiza, el tono de voz baja sus buenos decibeles y el paso es más tranquilo. Las lápidas recuerdan vidas y en letras de antaño coleccionan nombres. No faltan las frases afectuosas y los “No te olvidaremos”. Los árboles, siempre de pie, acompañan a los restos marchitos de las flores.

*Textos I, descripción de un paisaje de La Plata

jueves, 23 de septiembre de 2010

Tiempo de besos

El tiempo hace y deshace su camino infinitas veces cuando estoy con vos,
parece estirarse hasta límites insospechados,
contraerse y estancarse.

Si desaparece o simplemente me es ajeno no sabría decirlo,
pero cuando estoy con vos me parece insignificante.
¡Cuanto me enfurezco aún así cuando llega el momento de despedirte!
Maldito tiempo que hace tu último beso amargo,
que imprime ansiedad desbordante a mis labios,
que esperan helados el roce que quema.

Cuento segundos en decenas hasta que vuelvo a tenerte...
tan cerca que puedo respirar tus pensamientos,
tan cerca que el sonido de tu piel me desespera,
tan cerca que no puedo contenerme...
a unos centímetros tan efímeros,
que desaparecen bajo un beso ilegal.